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domingo, 9 de mayo de 2021

 TUROFOBIA: Miedo al queso

Las personas que sufren turofobia no pueden ver ni oler un simple trozo de queso. Ya sea de mozarella, cheddar o roquefort, el queso les produce una sensación de malestar intenso. Esto es debido a una experiencia traumática sufrida con anterioridad, usualmente en la infancia.


 

 







No podía soportarlo por más tiempo, algo debía hacer para terminar con la angustia que lo consumía día a día. No soportaba ya entrar en la quesería, sólo de pensar que era la hora de empezar la jornada rodeado de masas y bolas de queso y la pestilencia que le acompañaba durante todo el día se ponía a temblar y a sudar como si estuviera en una sauna. 

Aquel olor, maldito olor a queso, lo asfixiaba y lo peor era que se había obsesionado de tal forma que no había manera de quitárselo del pensamiento, incluso éste deprendía el mismo olor a queso. Se le había introducido en la nariz y en el pensamiento y no olía ni pensaba en otra cosa que no fuera queso. Su ritmo cardíaco se aceleraba entrando pánico.

Tenía pesadillas todas las noches en las veía con toda claridad cómo una enorme masa de apestoso queso de Cabrales cobraba vida propia, lo perseguía y se apoderaba de su cuerpo engulléndolo mientras no dejaba de burlarse de la expresión de terror que reflejaba su rostro. Despertaba envuelto en sudor y corría al baño a mirarse en el espejo para cerciorase de que todavía era persona y lo vivido había sido otra escalofriante pesadilla. Ese era su día a día, una continua pesadilla.

Aquella mañana sonó el despertador y encima de la cama había una gran masa de queso de Cabrales con una nota adjunta que decía:


SI NO PUEDES CON EL ENEMIGO, FÚNDETE CON ÉL 









domingo, 24 de noviembre de 2019

HACIA EL INFINITO




Esta es la primera vez que participo en un reto de Tintero de Oro del genial blog de David Rubio. Muchas gracias por la invitación, David, es todo un placer y un honor participar con tan grandes autores y autoras.















Reaccionó con asombrosa incredulidad ante lo que sus ojos contemplaban, la espectacularidad de las formas y colores que el firmamento le mostraba la dejó maravillada. Su corazón latía con fuerza, la emoción era tan intensa que sentía que se quedaba sin respiración.

Por un momento creyó que había muerto y su alma estaba flotando entre nubes de algodones, estrellas fugaces, nebulosas y cometas que le daban la bienvenida afectuosamente con un gran despliegue de luces multicolores en medio de una gama de formas geométricas jamás imaginadas, ni siquiera en sueños habría conseguido crear o idear la belleza que su mirada atónita visualizaba en aquellos momentos.

El espectáculo era de lo más impactante y tuvo que pellizcarse para comprobar que seguía allí, en pie, en lo alto de la cima de la montaña a la que acudió atraída por un pensamiento constante que no podía abandonar, debía subir a la cumbre y descubrir el misterio que se escondía tras los sueños repetitivos e insistentes que durante su vida se habían ido produciendo. Se pellizcó para comprobar que estaba despierta y que no se trataba de una ilusión óptica o de algún tipo de alucinación con la que su mente quisiera tratar de confundirla.

Se había armado de valor e inició el ascenso por el abrupto camino que la condujo a la cúspide de la montaña y allí estaba, postrada de rodillas ante la grandeza que el firmamento le mostraba. Ante ella se abrió un camino de luz indicándole el destino a seguir y sintió que debía impulsarse sobre sí misma e iniciar el vuelo, su vuelo hacia el infinito.

Era tan grande la sensación de plenitud  que experimentaba y tanta la placidez que no se lo pensó, nada malo podía ocurrirle, se deshizo de los miedos que la acompañaron durante el trayecto y se propulsó hacia el espacio infinito sobrevolando la inmensidad del firmamento y en su ingravidez se encontró segura y confiada. Se fundió en un abrazo con el Universo y se sintió inmensamente dichosa, estaba en casa, estaba donde la esperaban... y entonces sonrió.